
Relatos
Escala de Grises
Crónica de una jornada de boulder en el norte peninsular
Los rayos del sol atraviesan la ventana. Para la mañana asturiana este suceso es una bendición. Las previsiones han mejorado respecto a ayer. Después de jornadas y jornadas pasadas por agua, por fin se deja escalar en la vertiente cantábrica.
El parking está lleno de pescadores. Va a tocar cargar con las colchonetas un par de kilómetros más. Pero no es este el mayor de los problemas. Al retirar el contacto del coche, una visitante inesperada emerge sobre el capó. Las gotas empiezan a caer con una timidez desafiante. Orbaya lo justo como para no admitir una retirada.

La aproximación es todo un desafío. El camino parece el mismísimo Nalón en tiempos de deshielo. Pero con el barro hasta las rodillas, y un viento que amenaza con convertir los pads en parapente, tengo la suerte de atisbar los primeros bloques.

Después de posar los bártulos bajo un retecho empieza el casting. Todas las líneas próximas al mar están impracticables. Tengo que descartar también las que tienen charcos de más de un palmo de altura a pie de bloque. Después, hay que estudiar cuáles están totalmente secos. Pocos son los que no han filtrado. Y escalar en mojado no es una opción.
Por fin, doy con un problema practicable escondido al final del sector. Más que morfo, es demasiado duro para mí. Y la salida está totalmente empapada. Pero, a decir verdad, tampoco creo que nos veamos en tal tesitura. Será un lujo poder consagrarle el día.
Tras cubrir el suelo de grandes piedras para que no se me ahoguen las colchonetas, tengo que echar mano de alguna otra más para echarles por encima de las esquinas: el viento sigue empeñado en llevárselas al mar.
Después de todo, el esfuerzo ha merecido la pena. La compleja logística está superada y ya solo queda disfrutar. La alegría se adueña de mí. Caliento bien. Le meto todo el ritual personal completo que, a mi edad, me resulta primordial para moderar achaques.
Cepillo un poquito las presas y me siento en la colchoneta a ponerme los gatos. Pero repentinamente emerge ante mí una silueta. Es una sombra. Miro hacia arriba y la veo. Se alza vigorosa ante mí, inconmensurable. Ahí está. En cuestión de unos segundos en los que no puedo más que contemplarla estupefacto, consigue adueñarse de todo el cielo. Tremenda nube negra. Veo a dos gaviotas emprender la huida justo cuando el diluvio universal se adueña de la escena. Empieza a llover para todos lados. Para arriba, para abajo, para la pared, para el mar y para dentro de mi chaqueta.
Sin tiempo para lamentaciones, recojo todo el despliegue y, adornado como un árbol de Navidad, echo a correr detrás de las gaviotas. El coche acabará, otra vez más, hasta arriba de barro. Pero, aunque las penurias parecen haberse apropiado de mi destino, decido aprovechar la tediosa subida para tratar de ganarle la batalla psicológica a Artemisa, diosa de los bosques y las montañas, que supongo será también concejala de actividades al aire libre, y la responsable por tanto del tema escalada.
“Esto acumula karma pa’ otro día”. “Escalar es mi pasión”. “Si no hubieras venido no sabes lo que habría pasado”. “Por lo menos echaste un rato al fresco”. “No se mancó nadie, que es lo importante”.
Llego por fin al coche. Tiro todos los bártulos enfrente del maletero. Efectivamente, las cosas todavía pueden torcerse. Las llaves han decidido sumarse a la fiesta.

